De informáticos y poetas. Un relato del Dr.Meredith sobre la luz de Louveciennes, el apocalipsis nuclear y Ada, la científica-poetisa (II de IV)

Resumen de la entrada anterior: corre el año 1979 y Jean Ichbiah, ingeniero de la empresa informática Bull, ha salido a dar un paseo por los alrededores de Louveciennes. Está intranquilo porque su último programa, el más avanzado que ha desarrollado, ha sido comprado por el Departamento de Defensa de EEUU. Tras un rato andando, Ichbiah decide sentarse junto a un árbol para descansar.

"Castaños en Louveciennes", Camille Pissarro, 1870.

“Castaños en Louveciennes”, Camille Pissarro, 1870.

El sol de la tarde era cálido como un abrazo y a su alrededor no se escuchaba ni un solo ruido. El ingeniero se acordó entonces de que aún no le había puesto un nombre a su programa. Más allá de sus recientes preocupaciones por el uso bélico que el ejército de EEUU pudiera darle, se sentía orgulloso de haber diseñado el sistema operativo más avanzado del mundo y, en su opinión, un logro de tal naturaleza merecía ser conocido por algo más que un vulgar número de serie. Pero aún no había tenido el golpe de inspiración, esa variable oculta de la ecuación que desde la oscuridad termina por iluminarlo todo.

Ya llegará, se dijo, cada vez más relajado, hasta que, prácticamente sin darse cuenta, sus ojos empezaron a cerrarse somnolientos. En esos momentos de tránsito de la vigilia al sueño, su inconsciente quiso caprichosamente que su memoria volara hasta sus años de estudiante en París y, entonces, con la misma claridad con la que lo habría pintado Renoir, el rostro del doctor Meredith, su profesor de Computación en la École Centrale, apareció inesperadamente en su adormilada mente…

Vamos muchachos, dejen de hacer cálculos y atiéndanme. Llevamos toda la mañana trajinando con el álgebra lineal y las ecuaciones diferenciales, es hora de que nos dejemos llevar por alguna divagación inspiradora. Supongo que en otros cursos ya les habrán hablado de Charles Babbage, el excéntrico y furismático caballero a quien se atribuye el diseño del primer ordenador moderno.

El doctor Meredith echó una ojeada general al aula y comprobó que la mayoría de rostros gesticulaban dando a entender que sí, que algo habían oído sobre el particular, así que prosiguió diciendo:

Como suele decirse: su fama lo precede, ¿no les parece? Sin embargo, hasta hace poco no era así. De hecho, en su época fue prácticamente ignorado. La historia es pródiga en inventores, o poetas – que desde un punto de vista petagógico no hay diferencia alguna entre ambas categorías -, cuyo talento no ha sido celebrado hasta después de su muerte. ¿Se trata de un rasgo característico de nuestra conducta?, ¿nos resulta más cómodo admirar a los difuntos que a los vivos? Quizá en el futuro nos veamos en otras clases cuyos contenidos nos permitan dilucidar estas cuestiones; sin embargo, conviene que al menos seamos conscientes de que la mayoría de celebraciones póstumas implican una reducción y un amoldamiento del héroe entre comillas, y sus logros, a un patrón de consumo convenientemente adaptado a los valores culturales del momento. Una sinopsis del original no demasiado diferente de la que un editor coloca en la contraportada o en la solapa de un libro.

¿Podemos considerar a Babbage una víctima de este humano proceder? o, ¿acaso hubo motivos que justificaran el poco caso que sus coetáneos le hicieron?

Hubo motivos.

Charles Babbage

Charles Babbage

Por muy interesantes que sus ideas sobre computación pudieran sonar a los industriales ingleses de mediados del siglo XIX, nadie confiaba en su capacidad para llevarlas a cabo. Más bien tendían a considerarlo un vendedor de humo excéntrico, permanentemente malhumorado y, probablemente, no del todo en sus cabales. Y algo de razón tenían, porque Babbage no llegó a construir ninguna de las máquinas de cálculo que diseñó. Su obsesión por la perfección se lo impidió. Dominado por esta peligrosa pulsión, sometía a constantes revisiones los planos de sus ingenios, rehaciéndolos desde cero las veces que fuera necesario sin llegar a estar nunca del todo conforme.

Observarán que en este punto, su naturaleza no es en absoluto distinta de la de otros creadores. No importa el tiempo empleado ni la rentabilidad, lo único que desean es seguir adentrándose en lo desconocido, continuar persiguiendo lo inasible, lo que solo pueden intuir. Un viaje de sufrimiento y poesía, sí, y, por añadidura, también completamente antieconómico.

Solo una persona se interesó por el mundo imprevisible y especulativo de Babbage…

– Continuará –

Acerca de Augusto

Amante de la música, el cine y las letras.
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