El hombre que se convirtió en Bruce Lee tras beberse tres botellas de pacharán (I de IV)

Bruce Lee LibrosAmador llevaba un tiempo haciendo cosas raras. Daba largos paseos por la ciudad sin pensar en nada, solo mirando sin prestar atención, con la misma expresión de ausencia y desinterés que cuando veía la televisión. Los lugares, las personas, los objetos, todo se deslizaba por sus flancos suavemente y sin dejar rastro.

Pero a veces, una idea inesperada brotaba en su mente y, entonces, con independencia de lo extravagante que fuera, sencillamente se dejaba conducir por ella le llevara donde le llevara.

Podía meterse en un bar cualquiera y soplarse a deshoras tres vasos de cazalla.

Podía comprarse una bolsa de patatas fritas en un súper y bajar luego a la ribera del río a compartirla con los peces.

Cualquier cosa. De alguna manera había que engañar las horas. Por este motivo, la tarde que se topó con una tienda de baratijas de segunda mano que no conocía no lo dudó y entró a echar un vistazo, aunque eso sí, sin ninguna intención de comprar. No obstante, un cuarto de hora después, salió de ella con una caja de cartón decorada con motivos orientales bajo el brazo y 4,95 euros menos en la cartera. Amador no estaba en situación de permitirse caprichos pero, como decía al principio, últimamente no podía evitar hacer cosas raras.

El caso es que ya no le apetecía seguir vagando por las calles sin rumbo ni propósito. En su cabeza se cocían ahora planes mucho más sedentarios en los que su viejo sofá y su nueva amiga, la vetusta colección de películas de artes marciales que acababa de adquirir, iban a jugar papeles determinantes.

En cuanto llegó a su casa colocó la caja junto al televisor y se entretuvo un rato leyendo embelesado los títulos: “La serpiente a la sombra del águila”, “El furor del dragón”, “El mono borracho en el ojo del tigre” y, así, hasta diecisiete. Pura poesía. Algunos eran como ecos provenientes de las sesiones dobles de domingo en el cine de su infancia y le traían recuerdos de palomitas, de humo de cigarros y de acomodadores trajeados con linterna. Satisfecho hasta donde se permitía estarlo, entró en su dormitorio a por el pijama y luego se metió en el cuarto de baño.

Allí, entre unas cosas y otras, se acordó de la angustia que a los doce o trece años le provocaba pensar en la tercera guerra mundial y de cómo le pedía a Dios que, ya que no parecía querer evitarle ese sufrimiento a la humanidad, al menos tuviera a bien retrasarlo tres o cuatro veranos más. Menuda mierda de recuerdos, se dijo, y por un momento sintió el impulso de darle un cabezazo a la pared pero se contuvo y se contentó con quedarse mirando fijamente un azulejo, como perdonándole la vida. Entonces pensó en su nueva colección de películas y se preguntó si sería capaz de verlas todas seguidas.

– Continuará –

Acerca de Augusto

Amante de la música, el cine y las letras.
Esta entrada fue publicada en Literatura, Relatos y etiquetada . Guarda el enlace permanente.

4 respuestas a El hombre que se convirtió en Bruce Lee tras beberse tres botellas de pacharán (I de IV)

  1. La primera entrega está a la altura del título, que promete. Saludos cordiales.

    Le gusta a 1 persona

  2. Me ha encantado el ir y venir del texto entre las cosas más comunes (darle papas fritas los peces) y las más oscuras o sombrías (como aquello de perdonar la vida y la tercera guerra). Se siente vivo y real, y ameno. Me hizo mucho bien leer algo dinámico el día de hoy, así que te agradezco mucho por compartirlo.
    Un saludo, Augusto.

    Le gusta a 1 persona

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s