Aeterna, S.A.

Aeterna pasillo

Tal y como constaba en las condiciones de la póliza que firmé con la compañía de criogenización Aeterna, S.A., cuando la medicina descubrió la cura de mi enfermedad fui descongelado y devuelto a la vida.

Hace ya cinco días de mi despertar y aún no he salido de las instalaciones de la empresa, aunque ahora, al menos, puedo levantarme de la cama sin necesidad de ayuda e incluso salir a dar pequeños paseos por los pasillos. Mi musculatura se está recuperando. Sin embargo, todavía me siento frágil y débil.

No he vuelto a dormir. Al parecer es normal. El señor Martos dice que todavía puede pasar una semana más hasta que consiga tener un patrón de sueño y vigilia equilibrado. No es fácil, dice, volver a la vida después de noventa y cuatro años durmiendo, aunque por otra parte y para mi tranquilidad, también opina que mi evolución es muy satisfactoria y que pronto me darán el alta.

El señor Martos es el agente que Aeterna me ha asignado para atender mis necesidades. Es un buen profesional, paciente y agradable. Cuando se dirige a mí siempre lo hace con una amigable sonrisa en los labios. No cabe duda de que en Aeterna se toman muy en serio sus compromisos contractuales, provengan éstos de la época que provengan.

No sé mucho sobre el mundo que me encontraré ahí fuera pero el señor Martos dice que no debo preocuparme, que todo me resultará familiar y sencillo. No lo dudo, no tengo ningún motivo para desconfiar de él. Además, mi memoria está algo desordenada, las lagunas y los recuerdos confusos se entrecruzan de tal forma, que sospecho que nada de lo que vea me parecerá tan extraño como para sentir nostalgia por el pasado.

Sin embargo, reconozco que, ayer, cuando salí de mi habitación por primera vez y me aventuré a caminar unos cuantos metros por los pasillos de Aeterna, al cruzarme con otras personas tuve la impresión fugaz de que durante mi ausencia algo importante había cambiado en el mundo. Fue una sensación efímera que solo se me ocurre describir como un pellizco en el cerebro.

El señor Martos dice que ese tipo de fogonazos no son más que pequeños desajustes completamente normales en todos los despertares. Un inofensivo efecto secundario temporal, como el insomnio, que apenas durará unos días.

No obstante, en esta ocasión, después de exponerle la razón que me había provocado aquella impresión de extrañeza, mis dudas quedaron sin respuesta.

¿Por qué la gente ha dejado de balancear los brazos al caminar?, le pregunté y al instante sentí que había dicho una idiotez o, incluso peor, que había dejado escapar un delirio. La cara que me dedicó el señor Martos así parecía corroborarlo. Las líneas de su rostro se habían contraído hasta hacer desaparecer su agradable sonrisa y su expresión se había tornado distante, como la de un médico observando los síntomas de un paciente. Temí que mi pregunta hubiera revelado un retroceso en mi proceso de recuperación.

Por eso no insistí cuando una vez más me aseguró que no debía preocuparme, que muy pronto los sentidos dejarían de engañarme. También añadió, de nuevo sonriente, que en cuanto llegara ese momento estaría preparado para salir de Aeterna.

Augusto Serrano

Acerca de Augusto

Amante de la música, el cine y las letras.
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